Moral Injury -o herida moral-

Un convoy se detiene en seco frente a un control improvisado.
Delante, un coche viejo, una familia, un movimiento brusco que nadie sabe si es miedo o amenaza. En segundos, hay que decidir. Disparar o no disparar. Proteger a los propios o dar unos segundos más a alguien que quizá solo intenta huir. Cuando luego se descubre que había civiles muertos, la escena no termina con el informe ni con la misión: se queda pegada a la memoria como una astilla. No es solo miedo, es algo más profundo: la sensación de haber cruzado una línea que no se debía cruzar, aunque “las órdenes” dijeran otra cosa.​

A esto es a lo que cada vez más autores llaman herida moral (moral injury): no es simplemente “estar traumatizado”, sino vivir con la convicción de haber traicionado tus propios valores, o de haber sido traicionado por quienes debían protegerlos.​


Qué es una herida moral

En la literatura de psicología militar, la herida moral se describe como el daño psicológico, social y espiritual que aparece cuando una persona:

  • hace, deja de hacer o presencia actos que chocan con sus creencias morales más profundas,
  • o se siente traicionada por figuras o instituciones que deberían haber actuado justamente (mandos, Estado, sistema sanitario, iglesia, etc.).​

A diferencia del TEPT clásico, que gira alrededor del miedo y la amenaza vital, el núcleo aquí son emociones como:

  • culpa (por lo que se hizo o no se hizo),
  • vergüenza (por “en quién me he convertido”),
  • rabia y sensación de traición (hacia superiores, instituciones o incluso hacia uno mismo),
  • pérdida de sentido, cinismo y ruptura con creencias previas sobre el mundo.​

Herida moral y TEPT: parecidos y diferencias

A veces se confunde la herida moral con el trastorno de estrés postraumático, pero no son lo mismo. En el TEPT, el centro de gravedad es el miedo: la mente se queda atrapada en un evento donde la vida o la integridad estuvieron en peligro, y reaparecen las sensaciones de amenaza, sobresalto y peligro continuo.​

En la herida moral, el núcleo no es tanto el miedo como la culpa y la vergüenza: la escena que vuelve una y otra vez no es solo “cuando casi muero”, sino “cuando siento que traicioné quién quería ser, lo que creía correcto, o cuando otros traicionaron esos valores ante mis ojos”.​

Una misma persona puede tener TEPT y herida moral al mismo tiempo, pero entender esta diferencia importa: no se cura igual el miedo a morir que la sensación de haber cruzado una línea que no se debía cruzar.​


De la teoría militar al nombre propio

Dos referentes suelen aparecer una y otra vez en los trabajos sobre moral injury:

  • Jonathan Shay, psiquiatra que trabajó con veteranos de Vietnam, habló de herida moral para describir el impacto devastador de la traición por parte de “autoridades legítimas” en contextos de alto riesgo (mandos que envían a misiones imposibles, decisiones tácticas que sacrifican a civiles, etc.).
  • Brett Litz y colegas propusieron un modelo clínico donde la herida moral surge tras “transgresiones morales” (por acción u omisión) que chocan con el propio código ético y generan una cascada de culpa, vergüenza, rabia y aislamiento.

A partir de ahí, se han desarrollado instrumentos específicos, como la Moral Injury Events Scale (MIES), para medir la exposición a situaciones percibidas como moralmente transgresoras: desde sentir que se hizo daño injusto a otros, hasta experimentar traición por parte de liderazgos.

Los estudios con veteranos de Irak y Afganistán muestran que una alta exposición a estos eventos se asocia con:

  • más depresión, ideación suicida y abuso de sustancias,
  • y peor funcionamiento social, incluso controlando la presencia de TEPT.​

No es “solo guerra”: sanitarios, periodistas, cuidadores

Aunque el concepto nace del contexto militar, en la última década se ha empezado a aplicar a otros escenarios donde la gente se ve forzada a actuar contra lo que considera justo.

Algunos ejemplos:

  • Personal sanitario durante la pandemia, obligado a tomar decisiones de triaje, trabajar sin recursos suficientes o ver cómo el sistema prioriza la productividad sobre el cuidado. Muchos describen no solo estrés o burnout, sino una sensación de haber sido arrastrados a situaciones “inmorales”.​
  • Periodistas, verificadores de contenido y trabajadores humanitarios expuestos a violencia extrema, abusos y muerte, que sienten que participan de un engranaje que no logran cambiar.​
  • Cuidadores o profesionales que, por normas institucionales, no pueden ofrecer la ayuda que consideran necesaria y terminan viéndose a sí mismos como cómplices de un daño.​

En muchos testimonios aparece la misma frase de fondo: “No es solo que esto me duela, es que siento que va contra lo que creo que está bien”. Esa grieta entre lo que una persona considera correcto y lo que se ve obligada a hacer es el corazón de la herida moral.​


Qué nos dice la ciencia

La investigación reciente apunta a varias claves interesantes:

  • Emociones predominantes: en la herida moral destacan culpa, vergüenza y asco hacia uno mismo, más que el miedo típico del trauma por amenaza física directa.​
  • Riesgo suicida y depresión: estudios con veteranos y sanitarios encuentran que las puntuaciones altas en escalas de moral injury se relacionan con mayor riesgo de depresión grave e ideación suicida, incluso cuando se tiene en cuenta el TEPT.​
  • Burnout y pérdida de sentido: en personal sanitario y de ayuda, el daño moral se asocia a agotamiento emocional profundo, cinismo, sensación de traición institucional y pérdida de conexión con la vocación inicial.​

Desde la neurociencia, no hay un “circuito del daño moral” único, pero sí una implicación clara de redes relacionadas con:

  • procesamiento de culpa y vergüenza,
  • autoconciencia (cómo me veo a mí mismo),
  • rumiación: la repetición mental obsesiva de la escena, buscando una forma imposible de “deshacerla”.​

No es difícil imaginar qué significa esto a nivel cotidiano: noches dando vueltas a la misma imagen, diálogos internos crueles (“soy un monstruo”, “no merezco perdón”), distanciamiento de los demás por miedo a ser juzgado y una ruptura profunda con la propia identidad.​


Trauma, culpa y estructuras que dañan

Una de las aportaciones más potentes del concepto de herida moral es que obliga a mirar más allá del individuo. No se trata solo de “una persona que no gestiona bien la culpa”, sino de contextos que empujan sistemáticamente a la gente a violar sus valores:

  • sistemas militares que priorizan objetivos por encima de vidas concretas,
  • instituciones sanitarias saturadas que convierten el cuidado en producción,
  • organizaciones que normalizan la mentira, la violencia o la deshumanización.​

Algunos autores hablan de la herida moral como una especie de “síntoma social”: cuando aparece de forma masiva en un colectivo, señala que algo en la estructura está roto, no solo en las personas.

Esto no quita responsabilidad individual, pero matiza el discurso simplista de “tienes que perdonarte” o “gestionar mejor tus emociones”. En muchos casos, el sufrimiento no es solo por lo que se hizo, sino por la sensación de haber sido usado por un sistema que luego se desentiende.​


¿Y ahora qué hacemos con este concepto?

Nombrar algo no lo cura, pero abre una puerta.
Ponerle nombre a la herida moral permite:

  • diferenciar entre miedo traumático y culpa/vergüenza,
  • entender por qué ciertas personas no encajan del todo en el diagnóstico clásico de TEPT,
  • legitimar un tipo de sufrimiento que a menudo se vive en silencio y con mucha autoacusación.​

En el plano clínico y comunitario, se está explorando cómo trabajar con:

  • narrativas que integren la experiencia sin reducir a la persona a “lo que hizo aquel día”,
  • espacios de reconocimiento y reparación simbólica (rituales, disculpas, cambios institucionales),
  • y formas de reconstruir un sentido de identidad que incluya la herida sin quedarse atrapado en ella.​

Tal vez la idea más incómoda, y a la vez más fértil, es esta:
cuando alguien habla de herida moral, no solo está diciendo “me duele lo que pasó”, sino también “todavía me importa lo que está bien y lo que está mal”. Ese dolor, por devastador que sea, también es la prueba de que la brújula ética sigue viva. Y escucharla, en lugar de silenciarla, puede ser el primer gesto para cambiar no solo a la persona, sino el contexto que la hirió.

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