Empieza el día sin que hayas decidido nada.
Ni siquiera la primera imagen que miras al abrir los ojos. El despertador suena, alargas la mano y, antes de pensar en cómo te sientes, ya tienes una pantalla iluminando la habitación. Tres noticias alarmistas, dos cuerpos perfectos en Instagram, un hilo de queja viral. Tu cerebro, aún medio dormido, toma nota en silencio: “el mundo está fatal” y “voy tarde a todo”.
No lo vives como una interpretación, lo vives como realidad.
Lo que no ves es la trastienda: un cerebro que, para no colapsar, selecciona unas pocas señales y las convierte en “lo que es”. Esos atajos son los sesgos cognitivos. No son defectos morales ni fallos de inteligencia, sino atajos para ahorrar energía y decidir rápido. El problema no es que existan, sino que operan sin que te enteres. Este artículo es un pequeño experimento: seguir un día cualquiera y mirar, escena por escena, cómo tus sesgos van decidiendo por ti mucho antes de que tú tengas la sensación de “haber elegido”.
Mañana: despertar en un mundo ya filtrado
Abres Instagram “solo un momento”.
Ves una amiga viajando, un chico marcadísimo en el gimnasio, alguien anunciando un nuevo proyecto, una story de “vida ideal” servida en 15 segundos. Tu vida, en pijama y con legañas, se compara en tiempo récord con esa selección quirúrgica de momentos brillantes. Sin formular la frase, algo en ti murmura: “todo el mundo está mejor que yo”.
Aquí se activan varias piezas a la vez:
- El sesgo de disponibilidad: lo que tienes delante de la retina se convierte en tu medida de la realidad. Como lo que ves son éxitos, cuerpos y anuncios de logros, el cerebro infiere que “esto es lo normal”.
- El sesgo de negatividad: cualquier cosa que huela a amenaza (fracaso, rechazo, quedar atrás) tendrá más peso que diez cosas neutras. Una sola comparación que duela eclipsa todo lo demás.
- El efecto halo: a partir de una foto o un logro, rellenas el resto: “si tiene ese cuerpo / ese trabajo / esa pareja, su vida entera debe ir bien”.
Luego te miras al espejo.
No ves un cuerpo, ves un contraste. Tu imagen se evalúa contra el carrusel de hace dos minutos. Lo curioso es que nada “nuevo” ha pasado en tu vida en esos segundos; lo que ha cambiado es el contexto con el que te comparas. Eso ya es un sesgo en acción: no juzgamos en el vacío, sino sobre fondos que rara vez son neutros.
Media mañana: el cerebro que huye del ahora
Te sientas a estudiar o trabajar.
El temario es denso, la pantalla del ordenador está en blanco, el cursor parpadea como si te exigiera algo. En tu cuerpo aparece una mezcla de pereza, inquietud y ligera culpa. Entonces llega la frase clásica: “Voy a mirar el móvil un segundo y luego me pongo en serio”.
Lo que ocurre aquí no es “falta de fuerza de voluntad” a secas.
Es el sesgo de presente trabajando a pleno rendimiento: el cerebro sobrevalora el alivio inmediato y subvalora la recompensa futura. El descanso de 5 minutos tiene un sabor clarísimo; la satisfacción de haber avanzado en el estudio es abstracta y distante. Además, entra en juego la aversión a la pérdida: empezar significa “perder” comodidad, energía, control. El esfuerzo se percibe como coste, aunque racionalmente sepas que la inversión compensa.
Diez minutos después sigues en redes, viendo cosas que probablemente olvidarás mañana.
Y, sin embargo, tu cerebro no apunta: “he cedido a un sesgo”. Reescribe la historia: “hoy no tengo el día”, “me concentro mejor por la tarde”, “total, aún tengo tiempo”. El sesgo no solo influye en la decisión, también edita el relato para que parezca razonable.
Tarde: decisiones que ya venían decididas
Por la tarde decides hacer una compra online.
Ayer miraste unas zapatillas, viste primero un modelo caro con reseñas espectaculares y luego otro más barato, con opiniones mixtas. Hoy vuelves “a decidir en frío”, convencida de que ahora serás objetiva. Sin embargo, sigues comparando todo con aquel primer modelo que viste.
Ahí está el sesgo de anclaje.
La primera cifra, la primera reseña, el primer ejemplo se convierte en punto de referencia silencioso. Todo lo que venga después se evalúa en relación a ese “ancla”. No eliges desde cero, eliges desde un marco ya deformado.
Algo parecido ocurre con la información que buscas.
Si ya te inclinabas por un modelo concreto, es probable que cliques más en reseñas que lo confirman que en críticas que lo cuestionan. Lees con más atención lo que encaja con tu preferencia inicial y pasas por encima de lo que la desestabiliza. Eso es sesgo de confirmación: no buscas información para descubrir la verdad, sino para reforzar la historia que ya preferías.
Más tarde, ves el resultado de un examen, una noticia política o un partido.
Automáticamente, tu mente dice: “Se veía venir”. El sesgo de retrospectiva entra en escena: una vez que conoces el resultado, reconstruyes el pasado como si hubiese sido obvio. Lo inquietante es que esta sensación de “obviedad retroactiva” te da una ilusión de control y de comprensión que no tenías cuando aún no sabías qué iba a pasar.
Noche: cuando el sesgo discute por ti
Por la noche escribes a alguien y no responde.
Media hora, una hora, dos. El silencio se llena de interpretaciones: “Está enfadado conmigo”, “Me está ignorando”, “Le doy igual”. Lo que no aparece espontáneamente son explicaciones neutras: está ocupado, ha leído deprisa, se le ha pasado contestar.
Aquí asoma el error fundamental de atribución.
Tendemos a explicar el comportamiento de los demás por rasgos internos (“es frío”, “es egoísta”, “pasa de mí”) y el nuestro por circunstancias (“voy liada”, “se me ha olvidado”). Al mismo tiempo, funciona un sesgo de lectura de mente: asumimos que sabemos lo que el otro piensa o siente sin datos claros. El cerebro no soporta los huecos, así que los rellena. Y una vez que rellena, lo trata como si fuese información, no como hipótesis.
En una discusión, algo parecido:
Sientes que tu visión es equilibrada, razonable, “neutral”, y que el otro exagera, se deja llevar por la emoción o está manipulado por su ideología. Eso tiene nombre: realismo ingenuo. La idea de que uno ve el mundo “como es” y que, si los demás no coinciden, es porque están sesgados, desinformados o nublados por algo. El sesgo final, quizá el más difícil de ver, es pensar que el sesgo siempre está en el otro.
Qué hacemos con todo esto
La parte incómoda es evidente: buena parte de tu día está guiada por atajos que no has elegido conscientemente. Pero hay una parte liberadora: no es que “seas irracional”, es que tienes un cerebro que intenta sobrevivir con recursos limitados, y lo hace recortando esquinas.
No se trata de eliminar sesgos (no es realista), sino de empezar a verlos.
Algunas prácticas sencillas:
- Cuando notes una seguridad absoluta en tu opinión, pregúntate qué dato podrías estar ignorando o qué explicación alternativa tendría sentido.
- Antes de decidir algo importante, intenta listar al menos dos razones a favor y dos en contra que no habías considerado de entrada.
- Cuando interpretes el comportamiento de alguien, formula al menos una versión de la historia que no te deje a ti como héroe ni al otro como villano.
El objetivo no es pensar “sin sesgos”, sino pensar sabiendo que los tienes.
Ese pequeño cambio ya es una forma de libertad: introducir un milisegundo de duda entre el impulso automático y la historia que construyes sobre él. Ahí, justo en ese hueco mínimo, empieza la posibilidad de elegir un poco más y reaccionar un poco menos.

